El agua salada que te hace toser…

He ido muchas veces al mar. De pequeña iba por lo menos una vez al año a la Riviera Maya con la familia. Recuerdo que no me gustaba el mar. Detestaba que la arena estuviera tan caliente que te quemara los pies y tuvieras  que dar saltos hasta poder llegar al agua. Odiaba cuando las olas destruían mi castillo de arena y me empujaran a un lugar distinto. Pero lo que menos soportaba del mar era esa picazón en los ojos por su sal. Nunca podía nadar, las olas siempre me ganaban y siempre terminaba saliendo del mar con cara de derrotada, los ojos rojos y con arena en el trasero. Me sentaba en la orilla y veía a mi papá cazar las olas y nadar a través de ellas como un tiburón. Recuerdo que deseaba nadar como él, nadar tan ágilmente que pareciera tan fácil. Pasaron los años y seguí yendo al mar. No recuerdo exactamente cuando fue cuando mi odio por esa agua salada cambió y hoy por hoy amo nadar en el mar y perseguir esas olas que años atrás parecían estar llenas de vida y con una única misión: destruirme. El mar en el que más me ha gustado nadar es en el de Cancún, tal vez es por sus características o tal vez por mera nostalgia, en fin… la arena tan suave y delicada, el agua cálida y con olas lo suficientemente grandes y salvajes como para no creer que estás nadando en un plato, de ésas que juegan contigo y te diviertes con ellas. No hay casi algas ni cosas raras nadando junto a ti, ni te da picazón… y si logras alejarte de la zona de olas, y te quedas ahí flotando podrás sentir el cielo.

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