If you catch me at the border I got visas in my name

Lo pensamos por un tiempo y por fin lo decidimos, debíamos hacer el safari en Kenia. No había más. Más específico; debíamos hacer el safari en el Masai Mara. Y con eso en la cabeza no había vuelta atrás; Kenia estaba decidido.

Nos fuimos en Easy Coach, un autobús nocturno. Doce horas en un camión con música africana zumbando en tu oído a un volumen nada apropiado para dormir desde que salimos de Jinja, Uganda hasta que llegamos a Nairobi. Pero aún así, dormí. El camión era la mejor línea que maneja esa ruta pero no tenía nada especial, tampoco tenía baño. Los asientos me hicieron apreciar el hecho de medir poco más de metro y medio, porque el espacio entre las piernas aunque no era inhumano, como me han tocado otros, tampoco era del todo cómodo.

Tuvimos tres paradas, la primera en la frontera. Despiértate de un sueño pesado y baja en la lluvia a llenar formularios en medio de un tumulto de gente para tener el sello de salida del país. Después, camina unos metros encharcados y lodosos debajo de una lluvia ligera, cruza la frontera y ahora ve a pedir la visa keniana. Espera un rato a que te atiendan sin muchas preguntas. Sal de ahí y camina un poco más, busca tu camión entre cien. Y listo, ya estás en Kenia. Ahora espera por las paradas en Kisumu y Nakuru, donde por unas monedas puedes usar el baño en algún negocio cerca. Última parada; Nairobi a las nueve de la mañana.

Ahora, lo que más me gustó de esas doce horas en camión fue conocer a un Ugandés que había viajado por México y sabía un poquito de español y me hablaba del México que a él le tocó ver. La otra fue ver por la mañana zebras, monos y antílopes mientras pasabas por la carretera, así, como si nada. Algo tan mundano en los recorridos de allá a mí me hacían abrir los ojos más grandes y sornreír fascinada; el safari había comenzado incluso antes de empezar.

Masai Mara. Ideal para un Safari.

Ahora… el regreso de Nairobi a Jinja…

Decidimos tomar un camión barato. ERROR. Nos ahorramos la asombrosa cantidad de diez dólares pero a cambio sufrimos el 95% del trayecto siendo miserables durante todo el tiempo que estuvimos montados en él.  El joven que nos embaucó nos dijo que era un autobús nuevo. Después de comprar el boleto y subirme en él, lo único que pensé es que no nos dijo en que año fue que ese autobús fue nuevo. Definitivamente no ahorita, tal vez en los setentas, con suerte… En fin, los asientos eran viejos y parecía que jamás los habían lavado. Si le dabas una palmada seguro salía polvo como edificio en construcción. Eran desagradables. Te daba sarna y piojos solamente de verlos.

Pero eso no era lo peor, como los compramos de último momento nos tocaron los asientos de atrás. Y cada pequeño bache, tope o piedrita en el camino se sentía como una montaña rusa (de las malas). Entonces, en lugar de dormir nos la pasamos saltando como idiotas en nuestros asientos. No creo que sea necesario decir que esa noche no dormí. Sólo pensaba cosas sin sentido esperando que en algún momento nos impactaramos con algo, que el camión “nuevo” setentero se desarmara o se ponchara una llanta. Después de seis horas sin poder recostar la cabeza en el asiento hediondo por tanto zangoloteo esas parecían las mejores opciones. Incluso morir parecía una mejor opción. Pero nada de esto pasó y luego de doce horas de trayecto, llorar un poco, maldecir, orinar por enésima vez en cinco días de “aguilita” en la carretera, y de cruzar la frontera pagando otros -fucking- cincuenta dólares por la visa, llegamos a Jinja.

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