Las dos maneras de ver Roma

En Milán (la ciudad que fuimos por error) conocimos a Marcelo. El era de Sicilia y estaba en nuestro dormitorio, hablando con él nos dijo que amaba Roma. Jamás había visto a un hombre emocionarse tanto por recordar una ciudad. Nos dijo que había dos maneras de conocer Roma; de noche y de día. Que eran muy diferentes. Así que, aunque estaba cansada por el vuelo de Uganda-Cairo-Roma decidí llegar al hostal, asearme y ver Roma de noche.

Yo pensaba ir sólo al Coliseo y la Fontana di Trevi, pero terminé caminando más… viendo más. Empecé -como estaba planeado- en el Coliseo. Recordé la noche en que cumplí quince años y celebramos comiendo pasta con vista a éste. Se veía igual que ahora; inmenso. Y lo rodeé para verlo todo, ver sus luces y la gente pasar.

coliseo

Después caminamos hacia la fuente en la que alguna vez Sylvia llamó a Marcelo en La Dolce Vita y para llegar allí debíamos de pasar por los restos de la ciudad antigua y el monumento a Víctor Manuel.

Preguntando nos acercamos más y más a la Fontana di Trevi, así que caminamos hasta el Panteón y de ahí, ya no había vuelta atrás… la fuente estaba cerca. Llegamos y pedí otro deseo. Esa noche dormí pesado, tenía el cansancio de dos días acumulados y me acosté en la cama, cerré los ojos y me alejé de Italia. Me alejé de todo. Desperté y salí a caminar. Sin rumbo hasta que recordé un lugar que Bill Bryson describió en su libro “Neither here nor there” en Roma. La cripta de los monjes capuchinos, decorada con los huesos de los monjes muertos.

Cuando lo leí sabía que debía ir y así lo hice. Mi rumbo ahora era ver esos esqueletos en las paredes de una iglesia y llegué después de esconderme de la lluvia y hablar con un dominicano sobre México, y algo más. Tuve que pagar cinco euros para entrar al museo de los capuchinos y después poder ver la cripta en la que no permitían tomar fotos. Pero valió la pena porque ese lugar es tétrico y espiritual al mismo tiempo. Es una combinación extraña y una sensación que te hace abrir los ojos y sacar un wow mudo. Me tardé mucho en el museo, lo vi, leí y me detuve en todo, exprimí mis cinco euros. La gente pasaba y yo seguía, hasta que terminó y me fui de ahí sin dirección alguna. Así, que fui al lugar que más disfruto ver en Roma; la fontana de Trevi y tomé mi última foto y lancé mi última moneda.

Seguí caminando por lugares que no había pasado. Decidí ir por las calles que no había explorado y mi día en Roma se fue acabando y debía regresar por mis cosas y subirme a un autobús con destino a Fiumicino en donde me esperaba un avión a casa.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ana Ramírez dice:

    Súper. Y lo mejor estar en lugares que tus ojos se llenan de las delicias que el hombre a forjado a través de los tiempos felicidades

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