Daechon, mi escapada de fin de semana.

Seúl es una ciudad increíble, pero a veces su movimiento te puede llegar a cansar. Y yo lo sentí tres meses después de vivir allí. Necesitaba ver algo diferente, salir de ahí y estar conmigo misma. Así que un sábado decidí visitar a un amigo en Suwon para comer y después tomar el tren con destino a cualquier ciudad que tuviera playa y estuviera a menos de dos horas. Y Daechon fue la elegida. Yo ni la podía pronunciar y por esto casi compró un boleto a otra ciudad que no tenía idea -y sigo sin tenerla- de dónde estaba. Compré el boleto más barato -por supuesto- y no tenía derecho a asiento. Tenía que ir en un vagón apretada junto a decenas de coreanos que iban y venían, si me quería sentar lo  podía hacer en el suelo, eso si encontraba el espacio suficiente de entre niños, pies y viejitas coreanas que llevaban sus propias sillas. Después de alrededor de dos horas, llegué, y no tenía idea de adónde ir. Salí de la estación de tren y vi a tres niñas así que me acerqué a preguntarles que autobús tomar para llegar a la playa. Se los dije mostrando un diccionario porque no sabían inglés. Me dijeron, tomé el autobús, todos los pasajeros me veían extrañados. Yo ya no estaba segura si haber ido allí fue una buena idea, pero al mismo tiempo pensé: “Sólo será una noche”.

El chófer del autobús me dijo en que parada bajarme, lo hice y llegué a unas calles con casas, uno que otro restaurante y nada más. Nada especial. “Genial” pensé sarcásticamente. No había edificios altos, gran diferencia a Seúl, no había tanto caos. Pero tampoco tenía una cama en dónde dormir y ya empezaba a oscurecer. Ese viaje de fin de semana tenía un presupuesto de cual no podría pasarme. Cincuenta mil wons (50 dólares aprox.) sin contar con los boletos de tren (que no fue mucho), y creí que hasta me sobraría pero al ver que por un cuarto me cobraban cuarenta wons me empecé a desesperar. Nadie sabía hablar inglés, entonces no podía explicarles mi situación. Pregunté en demasiados moteles y todos me decían lo mismo, hasta que vi un lugar que parecía más hostal que motel y me alegré. Era bonito, con un jardín exterior en dónde habían mesitas de picnic y grupos de amigos o familia estaban cocinando y comiendo. Un joven salió y pregunté si hablaba inglés, dijo que muy poco. Le pregunté si tenía un cuarto y su precio. Dijo que no tenía nada, le dije que si podía dormir en la cocina, que no me importaba, que no tenía dinero pero que si me daba una colchoneta me podría acomodar sin problemas en cualquier lugar. Dijo que no era posible. Estaba a punto de irme cuando me dijo que cenaría con sus amigos, que me quedara a cenar con ellos. “Bueno al menos me ahorraré el dinero de la cena” pensé aceptando la invitación. Y fue una de las mejores cenas que tuve en Corea del Sur. Era cangrejo y cuando te comías el cangrejo ponías el arroz blanco en el caparazón y éste agarraba el sabor del cangrejo. Sabía delicioso. Tomamos cerveza y después pidieron más comida; ahora comida china. Seguí comiendo y tomando cerveza… gratis. Y un amigo de mi nuevo amigo me dijo que me llevaría a conocer la ciudad. ¿Por qué no?

En realidad me llevó a la playa, y me dio un mini tour por el corredor donde hay figuras de “mascotas” y cosas por el estilo. Daechon es famoso por que en verano llega mucha gente al Mud Festival, en donde la gente se cubre de lodo (que según esto es bueno para tu piel) y hacen algo así como “mudsurf”. Es la excusa perfecta para divertirse cubiertos de lodo y -tal vez- tomar alcohol. Yo fui en otoño casi entrando a invierno, así que no hubo ni mud festival para mi, ni siquiera la idea de meterme a la playa porque el agua estaba congelada.

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Volvimos al hostal y el joven que me invitó a cenar me dijo que sus papás tenía un edificio con cuartos studio que rentaban y que había uno disponible si quería. Dije que sí, ya era muy de noche y no quería seguir buscando, a parte pensé que no me cobrarían mucho. Me llevaron y esa noche dormí en mi studio privado. Del que me enteré al día siguiente, era gratis. Le invité el desayuno de un Family Mart, por supuesto y le di las gracias a él y a sus padres.

Estuve un rato en la playa, compré un papalote y lo volé, jugué en un juego de la feria en el que me gané un peluche pequeño de un panda con bufanda roja. Después tomé el autobús de vuelta a la parte de la ciudad donde estaba la estación de trenes. Era hora de irme. No sin antes comer en un restaurante de ahí. Como no había menú en inglés, ni fotos en él, pedí al dedazo y después me arrepentí. Noodles fríos que cortabas con tijera.

 

El viaje de regreso a Seúl fue más largo porque ahora iba a la capital y no a Suwon (desde dónde empecé el recorrido). Así, que fueron poco más de dos horas sentada en un espacio inhumano, oliendo la comida de otros y viendo como un niño hacía pipí en una botella. Y por fin llegué a Seúl y a mi cama.

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