Penang, Malasia

En Penang decidimos tomar un autobús local para llegar al lugar donde estaría nuestro hotel. Se tardó dos horas entre tráfico y más tráfico. Llegamos a esta calle pequeña con muchos puesteros tipo tianguis en una calle y tiendas de masaje enfrente. Y nos dimos un “pedicure con peces”, solo para ver que tal.

Pedicure con peces
Pedicure con peces

El hostal estaba bastante lindo, teníamos baño propio y el que atendía era buena onda y dejó que nos quedáramos cinco personas en un cuarto de cuatro. El era malayo pero había recorrido el mundo. Cuando le dijimos que éramos mexicanos “Oh, yo viví en Monterrey”, luego mi amiga dijo que era de Uruguay, “Oh, sí, trabajé en Montevideo”, y resultó que también se había paseado por Europa y trabajado en Francia y España. Este hombre era de mundo. Y tenía una vibra super relajada como si su organismo produciera mariguana por si solo.

En Penang, hicimos muchas cosas, visitamos la playa y para ir debimos caminar entre la selva por una hora para llegar a una playa con monos que comían cocos. Vimos mujeres musulmanas cubiertas tomándole foto a su pareja que estaba en solo un bañador disfrutando de la moto de agua. Nos quedamos un rato ahí, no nadé y después me arrepentí, pero un mono me quiso quitar mi bebida de coco y luché por ella con miedo. No me gustan los monos. No regresamos caminando, un pequeño barquito nos esperaba para llevarnos de regreso. Esa noche fuimos a un mercado a cenar y ver un show con un malayo con el cabello teñido de güero y pantalones rosas.

monkey beach penang
monkey beach Penang

Al día siguiente fuimos a templos budistas, unos con budas muy grandes, mi primero probada de los sleeping budas y demás en tierras del sureste de Asia. Vi las esferas del dragón y pedí un deseo aunque eso no se acostumbre. Fuimos también a un templo que estaba en una colina y tuvimos la mejor vista de Penang.

Bajamos y fuimos al “fuerte” que parecía de broma. Después, las chicas se fueron a tomar una siesta y los chicos y yo seguimos caminando por ahí, para seguir viendo las “maravillas de Penang”, Nada impresionante, lo mejor ya lo habíamos hecho. Fuimos a ver una casa azul que estaba cerrada y conseguí tomarme una foto en un pequeño carruaje tirado por un hombre en bici. Por la noche, nos reunimos con las chicas y fuimos todos a Little India, donde nos compramos un tercer ojo y me compré unos pantalones estilo Aladín que fueron severamente criticados pero que les saqué provecho. El señor que me los vendió me dijo al verme dudando si comprarlos o no.

“¿Por qué lo piensas tanto?”

“No quiero gastar mucho dinero”

“El dinero no da la felicidad, yo no tengo dinero y soy muy feliz”.

Probablemente lo dijo para que lo comprara -que funcionó- pero lo dijo de una manera muy sincera y sabia que decidí tomarlo por consejo y no por un truco de marketing.

Esa noche volvimos a cenar comida malaya en el mercado, con nuestro tercer ojo y tomando jugos frutales, que ya extrañaba. Igual, hicimos una fogata con la gente del hostal frente a la playa. El día que nos fuimos pedimos un taxi para no quedar atrapados en un autobús lleno de paradas.

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