Cusco; mis últimas noches Perú

Después de maravillarnos con Machu Picchu regresamos a Cusco, para pasar mis últimos días en Perú y pronto abordar un avión a México y regresar a la realidad. Cusco es una ciudad muy pintoresca. Tiene edificios coloniales, que le dan un toque de cuento, y sus incontables plazas a casi cada vuelta de la esquina.

Nos volvimos a quedar en el “Brigh Hostel” (el cuál es muy recomendable, a corta distancia del centro, en un edificio muy lindo, buena atención y muy cómodo). Y en ese par de días que estaríamos en Cusco nos dedicamos a flojear. Estábamos exhaustos, con días de desvelo y -por mi parte- con el estómago estropeado. A mí la altura sí me afecto, a Diosy y a Aldo no tanto, o al menos eso parecía. Yo de plano por más poco que caminara me cansaba. Decidimos ir al Cristo blanco, éste está en la cima de una colina y fue un regalo de los palestinos cristianos a Cusco (Me dijeron que por dejarlos migrar a Perú). Subir a esa cima me costó bastante. Me cansaba mucho, me faltaba el aire, cada escalón era un tortura y cuando volteaba para arriba sólo veía más y más escalones listos para tirarme abajo. Todo esto era por la altura.

Calle hacia el Cristo Blanco
Calle hacia el Cristo Blanco

Diosy y Aldo iban un tanto rápido, yo trataba de ponerme a la par pero nada más no podía, de vez en cuando nos deteníamos a descansar un poco y mientras lo hacíamos un peruano pasó junto a nosotros con su hijita. Los dos se veían frescos, ellos ya estaban acostumbrados a esos trotes. El señor se paró junto a nosotros (los vencidos) y nos sonrío.

“Con calma, dense tiempo, hay que subir despacio para no cansarse.”

Y con eso siguió su camino. Despacio pero sin detenerse. Proseguimos a hacer lo mismo y por fin llegamos hasta la cima. Tuvimos que caminar un poco por la carretera para llegar al Cristo Blanco. Cuando estábamos ahí, con el Cristo a nuestras espaldas y con todo Cusco frente a nosotros pudimos sonreír. La tortura había pasado. Nos quedamos un rato viendo esa vista espectacular de Cusco y así con ella, regresamos.

Cristo Blanco
Cristo Blanco
Yo co la vista de Cusco desde el Cristo Blanco.
Yo co la vista de Cusco desde el Cristo Blanco.
Las afueras de Cusco
Las afueras de Cusco

Y cuando ya estábamos abajo, era hora de encontrar un pequeño restaurante barato (MUY barato) para comer, llenarnos de fuerza y seguir caminando por la ciudad de Cusco. La comida no era muy buena, o al menos, no me lo pareció a mi, pero eso también se dio a que yo sentía un asco de aquellos que te dan cuando andas mal del estómago, entonces ahí medio comí. Terminamos y proseguimos a caminar por los barrios de la ciudad. Fuimos al mercado central (San Pedro), compramos algunos recuerditos y vimos un poco de esa cultura de mercado muy conocida en México. Fuimos a también a la plaza de San Blas que es conocida por ser un lugar con muchos artesanos.

Un vistazo del Mercado central de Cusco (San Pedro).
Un vistazo del Mercado central de Cusco (San Pedro).
Un vistazo de una calle de San Blas en Cusco
Un vistazo de una calle de San Blas en Cusco
Plaza de San Blas
Plaza de San Blas

Diosy y Aldo se metieron a ver información de autobuses que los llevarían a Puno (Yo ya no pude ir con ellos) y mientras yo me quedé en una tienda hablando con un grupo de jóvenes coreanos que estaban recorriendo muchos países latinoamericanos en un grupo de música coreana. Eran muy buena onda y se reían cuando yo trataba de hablar mi tan “fluido” coreano.

Después fuimos a cenar a un “buen restaurante” frente a la Plaza de Armas, sólo pedimos postres porque era para lo que nos alcanzaba pero estuvo muy bien porque era un lugar muy bonito y teníamos otra perspectiva de la Plaza de noche. Ya con panza -medio- llena, fuimos a un callejón en donde habían peruano vendiendo cosas típicas. Nos metimos a la tienda de Janette y Davis y hablamos con ellos una hora, les compramos algunas cosillas, les hablamos de México y las diferencias y similitudes que encontrábamos con Perú. Cuando nos despedimos nos dieron un regalito a cada uno y nos dieron su tarjeta para hacer pedidos. Después, decidimos sacar dinero del cajero y nos dimos cuenta que no nos servía ninguna de nuestras tarjetas, lo cual se nos hizo muy raro. (Igual, yo ya no tenía dinero para gastar), Diosy y Aldo le dijeron al del hostal que si les daba dinero en efectivo y ellos pasaban la tarjeta (si podíamos pagar con tarjeta, sólo no podíamos retirar dinero del cajero), así fue como arreglaron el problema del efectivo. Yo ni saqué porque ya me iba al día siguiente, bueno… casi.

Aldo en la plaza de armas de Cusco con todo y gorrito peruano.
Aldo en la plaza de armas de Cusco con todo y gorrito peruano.

Amaneció y me despedí de Diosy y Aldo, envidiándolos un poco por que ellos seguirían de largo y yo de regreso. Me arreglé y me fui en combi al aeropuerto de Cusco, dónde tomé un avión a Lima (me salió en 120 USD), bien me pude ir en autobús pero “no quería desperdiciar un día” que al final desperdicié porque por no tener dinero me tuve que quedar 18 horas en el aeropuerto de la capital peruana. ESO fue tortura, hubiera preferido subir al Cristo Blanco tres veces corriendo.

En la combi leí algo que estaba escrito en la pared de una casa.

“Los sueños también viajan en combi”

Lo cual me pareció bastante acertado por estar en una mientras lo leía, así que seguiremos soñando.

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