Algunos recuerdos de Corea del Sur y mi deseo de regresar

Muchos de mis amigos de alguna o otra manera están regresando a Corea del Sur y me ha invadido un deseo desbordante de volver. Tal vez no a vivir, pero sí me gustaría caminar por sus calles de nuevo y ver las luces de la ciudad desde un templo a lo alto de una pequeña colina. Quiero emborracharme con soju en Hongdae y volver a sentir esa libertad que solía sentir cuando vivía allá. Sí, Corea del Sur llegó con imágenes rápidas y trenes veloces a quedarse en mi memoria para siempre, y tener en mi mente su recuerdo y el constante tintineo en mis venas que me empujan hacia él y me hacen querer tomar un avión con destino a Seúl.

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Luces de la ciudad.

También quiero ir porque quiero verlos; a esos amigos que hice y que sigo teniendo. Quiero volver a tomar con ellos, bailar y reír. Recuerdo las tardes en las que buscábamos cualquier excusa para salir de nuestros cuartos llenos de libros sin leer para ir a tomar algo y hablar un poco. Seúl es especial en gran parte por ellos y esos momentos.

Cuando vivía allí solía correr casi todas las mañanas, me gustaba correr junto al río y cruzarlo a una velocidad más rápida que la que uno hace cuando camina. Ver el atardecer mientras mis pies iban uno tras de otro y con la música en mis oídos era una de mis actividades favoritas. Ir sobre ese puente que conectaba el norte y el sur de la ciudad y que quedaba tan cerca de donde vivía. Me gustaba también cambiar de rutas, correr por lugares que no conocía todavía. Disfrutaba de descubrir callejones nuevos y tener más sorpresas mientras corría.

Puente dónde solía correr sobre el río Han.
Puente dónde solía correr sobre el río Han.
Seúl. Heukseok-dong. Mi dong.
Seúl. Heukseok-dong. Mi dong.

Los primeros meses odiaba la comida y prefería una hamburguesa de McDonalds a comer “arroz”. Poco a poco comencé a tenerle gusto a la comida coreana, y cuando tenía dinero dejaba la cafetería de la universidad para ir a comer a un restaurante y pedir una barbecue coreana (Samgyeopsal), jajangmyen, bibimbap (que terminó siendo uno de mis predilectos) o algún caldo, igual después de un tiempo me di cuenta que los noodles picantes que servían en la cafetería eran el remedio perfecto para la cruda. Cuando me sentía aventurera pedía lo que fuera del menú sin saber lo que era y varias veces lamentaba la decisión que mi dedo había hecho al no entender el Hangul. Cuando tenía un dinerito extra y quería otra cosa iba a restaurantes con comida internacional, generalmente iba a Pizza School que quedaba cerca y lo atendía un señor con su esposa y su hijo guapo, ellos habían vivido en Brasil y hablaban un poco de portugués y siempre estaban sonriendo, también iba por comida mexicana (que como de costumbre resultaban ser tex-mex (como la de Dos Tacos) o iba a Sushiro (uno de mis favoritos).

Recuerdo también mis tardes en las que me iba sola y me perdía en la ciudad. En esos días que me cansaba de hablar, tomaba mi mapa, mi cámara y me iba andando a tomar fotos que ahora son -en parte- las bases de mis memorias. Esas fotos que cuando las veo me hacen soñar una y otra vez en mi regreso y en ver otra vez los colores de Corea.

Templo en Seúl.
Templo en Seúl.
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