Mi abuelo y mi muerte

Toda la vida ha estado presente en historias, algunas malas, algunas buenas. Siempre me han hablado de él; de cómo era, de qué hacía y cómo vivía. Mi madre y mis tíos suelen contarnos de él, de lo que recuerdan. Cuando están viviendo ese momento pasado en su cabeza los ves detenidamente y puedes ver admiración. Mi abuelo era admirado, y lo sigue siendo.

Yo nunca lo conocí, sé de él por esas mismas historias, esas que me cuentan con ojos llenos de nostalgia y que me siguen como a ellos. Sé que mujeres tuvo de a montón, que era el clásico macho mexicano. Alguna vez me dijo mi abuela que el día que ella estaba pariendo a uno de sus hijos, él le llevaba serenata a otra. Era un jugador y le gustaba tomar. Perdió todo gracias a esos vicios. No es algo que debería de causar admiración y sin embargo, la causa. ¿Por qué? Por que mi abuelo era un hombre como pocos, por que tenía errores pero también aciertos, ayudaba al que lo necesitara y le valía lo demás. A él no le importaba el qué dirán, se tragaba tu apellido y lo escupía, no había miedo. Si tenía algo era su palabra, la cual no la daba a cualquiera, la cuidaba, y cuando decía algo lo hacía. Cosa que bien le podría servir a muchos políticos de hoy en día. Pero no, mi abuelo no era político, él era ranchero, montaba su caballo y disparaba su pistola al aire. Todos corrían a esconderse cuando lo veían pasar a todo galope, borracho y con pistola en mano.

Una vez fui a la tienda de Jalapa, el pueblo de donde soy, (bueno, el pueblo de donde me considero ser) y el señor que la atendía me vio y me preguntó sobre mis padres, le dije el nombre de mi madre y me dijo:

“¿Eres nieta del chelo?”

“Sí” contesté.

“Yo era muy chico pero lo recuerdo, a veces cabalgaba muy rápido por el pueblo y escuchabas que la gente gritaba que ahí venía el chelo, así que todos nos escondíamos”.

No supe que responder. Sonreí y me fui. Las historias eran verdad.

Mi abuela también habla de él, de cómo era con ella y cómo la enamoró. Se necesitaba ser un mujerón para estar con alguien como mi abuelo. Y mi abuela lo es. Es fuerte, y se lo demostró a él. Mi abuelo tenía un pasado y mi abuela a penas iba a construir su futuro. Él había ido y venido del pueblo, a él también le tocó escapar. Escapó a Chiapas y vivió allí durante un tiempo. Tal vez sea por eso que siento un amor grande por ese lugar, por San Cristóbal, tal vez tengo una pequeña parte de su alma, y cuando camino por esas calles, sus ojos ven lo que yo veo.

Después de Chiapas él conoció a mi abuela y la cortejó. Al final se casaron y formaron una familia; la primera y única de ella y la cuarta y última de él. Amó a sus últimos hijos como nunca amó a los primeros. Mi mamá y mis tíos tuvieron suerte; lo agarraron cansado. Yo solía escuchar sus historias y tenía un pedestal en mi mente, arriba de éste estaba mi abuelo; el chelo. No lo he bajado de él, porque su vida e historia es demasiado interesante como para bajarlo como si nada, merece estar ahí. Aunque debo admitir, que ahora mis ojos ven con más claridad, y logran ver todo lo malo, no sólo lo bueno.

A veces le pregunto a mi mamá si ella cree que mi abuelo está en el cielo. Ella responde que sí, porque a pesar de todo él era un hombre bueno, y creía en Dios. Él les enseñó a rezar, él les enseñó a creer.

Mi abuelo murió en el 80. Nueve años antes de que yo naciera, poco menos de un año de que mis padres se casaran. Murió rápido, sin sufrir. Murió sin que sus enemigos lo vieran senil y decrépito. Murió viejo pero todavía era fuerte. Recuerdo que una vez encontré una libreta en la que escribían las cuentas de una tienda que tuvieron. En ella, había un escrito de él, de mi abuelo. En ese escrito él decía que sabía que iba a morir, les escribía a sus hijos. Me acuerdo que copié ese texto y lo guardé.

“Cuando yo muera sentirán más mi ausencia todavía; pues les haré más falta, que en la vida. Yo sé que mi recuerdo no se olvida aunque comprendo que fui duro para ustedes no fui padre, fui un amigo. Ya lo sé que se acerca, lo presiento y sólo temo a la muerte por ustedes. Lo que quiero es que ustedes no me olviden y que lleven a mi tumba una flor… que bien saben que son mías”

Sus flores eran todas pero las que más le gustaban eran las gardenias. Mis favoritas. Ésas son de él y son mías, son nuestras. Y cuando yo muera, quiero que sólo ellas rodeen mi cuerpo y que lleven mariachi. Que se escuche tan fuerte que el mismo Dios empiece a cantar. No me voy a morir pronto, al menos, eso creo. Pero, el día que mi cuerpo quede inmóvil y mi voz se apague, quiero que mis cenizas vayan al hogar de mi abuelo, de mi madre y el mío. A ese pueblo en el que nunca viví pero siempre me consideré de ahí. El día que me reúna con tantos en el cielo, quiero oler a gardenias y escuchar las guitarras, violines y vihuelas junto con el cantar del mariachi.

Jalapa de antaño
Jalapa de antaño
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