Un día en el -solitario- centro de Rio.

El día que decidimos ir al centro de Rio de Janeiro fue un día feriado, entonces veías las calles casi desiertas y la única que seguía tu paso era tu sombra. Creo que de alguna forma estuvo bien que así fuera, porque aunque muchas cosas estaban cerradas logramos ver otro lado de la ciudad.

Ese día nos despertamos un tanto tarde y nos alistamos para salir, sólo mi hermana y yo. Hacía mucho calor, demasiado, muito quenchi, pero no importó, seguimos nuestro camino y llegamos a la estación de metro “Cinelandia”. Allí uno sale justo frente de un edificio muy bonito que es el Teatro Municipal. Estaba cerrado y sólo pudimos verlo por afuera. Había una plaza larga, larga y caminamos por ahí para seguir el curso y sin saberlo llegamos a los arcos, que son nada impresionantes.

Teatro Municipal, Rio de Janeiro, Brasil.
Teatro Municipal, Rio de Janeiro, Brasil.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El ver los arcos nos hizo darnos cuenta que estábamos en LAPA, cerca de las famosas escaleras de mosaicos (Escaleras de Selarón) y del bar al que fuimos de fiesta un par de noches atrás. Esa vez fuimos ya con la luna bien puesta y todo se veía más misterioso y peligroso. Ahora estaba el sol en el cielo y le daba un aire más seguro. Igual, el hecho de que no hubiera mucha gente nos hizo pensar que estaría mejor. Y sí, esta vez si pudimos subir las escaleras, ver de cerca los mosaicos y tomar fotos.

Fue algo cansado subirla, sobre todo por el calorón que había. Justo antes de llegar a “La cima” estaba un señor vendiendo aguas. Decidimos subir primero y en la bajada comprar una deliciosa y energizante agua de coco. Justo lo que necesitábamos para seguir el camino hasta Uruguainha. Un lugar donde un amigo nos dijo que podríamos comprar souvenirs a un excelente precio. Pero, como era feriado estaba todo cerrado así que decidimos regresar a Copacabana y pasar el rato allá.

Escaleras de Selarón. Rio de Janeiro, Brasil.
Escaleras de Selarón.
Rio de Janeiro, Brasil.

Esa noche, todos en familia, cenamos en un restaurante cerca de donde nos hospedábamos llamado Belmonte. Parecía más bar que restaurante porque estaba lleno de gente joven tomando cerveza y coqueteando. Yo, junto con mi hermana, pedí una sopa de cebolla y una pizza, que no nos acabamos. Decidimos ir a dormir y descansar, ya que al día siguiente iríamos por la mañana al Cristo.

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