Llévenme de vuelta a San Marcos y al Lago Atitlán.

A los que me han preguntado sobre Guatemala les respondo siempre lo mismo, si vuelvo en un futuro, próximo o lejano, será allí; al Lago Atitlán. Éste es un sueño, uno que todos deberían tener. Para llegar allí desde Antigua puedes tomar un shuttle que te cuesta unos 20 dólares pero si eres un tacaño/ahorrador como yo entonces te irás en ‘chicken bus’ y será posible que te roben tu celular o algo más, pero valdrá la pena porque es divertido y es parte de la cultura guatemalteca y sólo te costará 6 dólares, aprox. Claro que tardarás unas dos horas más de lo planeado.

Nosotras tuvimos que tomar 4 chicken buses y un bote para poder pisar tierra en San Marcos, este pequeño pueblito lleno de hippies y más hippies. Cuando dijimos a los del hostal en Antigua que iríamos allí lo primero que nos dijeron fue “Espero les gusten los hippies, porque es lo único que verán allí.” Cuando llegamos vimos que ese dato era cierto, pero no es sólo eso. Desde el momento en el que puse pie en el bote y éste nos llevaba a una velocidad que probablemente no era la adecuada y todo el agua salpicaba sólo a la parte del bote en el que yo estaba sentada lo pude ver, la átmosfera que se carga y los volcanes y cerros siendo amigos del agua, todo esto unido es hermoso. Llegamos a San Marcos al atardecer y se veía muy bonito cuando voltabas a ver el lago. Nos quedamos en una Eco-casa de Bambú que encontramos en Airbnb a un muy buen precio. Estaba retiradita del ‘centro’ del pueblo, pero éste al ser tan pequeño, realmente nada es lejos. La casa era maravillosa, a mi me encantó, tenía algunas cosas para mejorar pero nada que no puedas cerrar los ojos y pasar por alto. Me sentía en un pequeño hotelito de esos que ves en fotos hipsters de instagram.

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Casa de Bambú

La tarde/noche que llegamos decidimos ir a un restaurante sin importar el precio y tener una cena decente. Nos arrepentimos un poco del lugar que escogimos porque el dueño era un extranjero prepotente que le lamía el paso a cada guero que entrara y a los que hablábamos español nos podía dar un paro ahí mismo y él no se hubiera inmutado. Vimos a una familia canadiense con la que subimos el volcán Pacaya un día antes y los saludamos. De ahí fuimos a la casa a descansar. El día siguiente teníamos pensado ir a la reserva natural del Cerro Tzankujil que para extranjeros cuesta sólo 15 quetzales la entrada por todo el día. Antes de ir ahí compramos un pan de chocolate con coco recién hecho a una mujer indígena llamada María. Ya en el cerro fuimos por un sendero en el que tienes una vista muy linda y puedes ver esculturas mayas de tu nahual. Pero, lo mejor de ahí es 1) que puedes nadar en el lago Atitlán y 2) un trampolín de 7 metros que te reta si tienes vértigo.

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Yo en mi segundo salto

Decidimos tirarnos primero del trampolín y después nadar un poco. Moni fue primero y después yo. Una vez leí que cuando tengas miedo de hacer algo sólo tienes que contar hasta tres y hacerlo, tres segundos de coraje es lo que necesitas, así que siempre que estoy en una situación por el estilo, cuento en mi mente hasta tres y lo hago. Esta vez salté. y no sentí vertigo hasta que mis pies dejaron de tocar el piso y me vi en el aire cayendo al agua.Me tiré dos veces y la segunda algo pasó que sentí que mis oídos explotaron dentro del agua y todo el día tuve un malestar, pero eso no impidió que yo nadara.

He aprendido que el agua es la mejor medicina para calmar el alma. Una vez dentro olvidé que me habían robado, se fue la preocupación, el coraje, todo, y sólo era yo con los volcanes y el agua rodeándome. Un lugar en donde yo pueda nadar y sentirme así nunca podrá ser un mal lugar.

Ya cuando nos ibamos vimos a los niños de la familia con la que subimos el volcán y platicamos un rato con ellos. La pequeña tenía miedo de tirarse del trampolín pero logró hacerlo después de que la alentáramos un poco. Esos niños son un encanto, ella tiene 9 y él 13 años, y son los niños de esa edad más vivos que he conocido. Sin pena y con una vida interesantísima. Nos depedimos de ellos sabiendo que lo más seguro es que los viéramos otra vez. Fuimos a comer cuatro pedazos de pizza por 10 quetzales junto a la cancha de basket. Y después volvimos al cerro a ver el atardecer y nadar un poco más. Esperamos sentadas junto al lago, Moni y Alma leyendo y yo sólo viendo adelante. Un niño indígena estaba cerca de mí y estaba tratando de alcanzar una rama en el agua pero por ser tan pequeño no la alcanzaba. Yo lo ayudé y él comenzó a seguirme, empezamos a jugar a tirar piedras al lago y más niños indígenas se nos unieron. Estuvimos así por media hora y después decidí meterme al agua. Una de las niñas se lanzó conmigo, nadamos un rato. Se fueron y me dijeron adiós de lejos. Yo también me salí porque no aguantaba los oídos y comencé a secarme, Alma seguía nadando y Moni leyendo. Entonces llegaron los otros niños de Canadá y comenzaron a jugar con nosotras. Yo volvía tirarme al agua y jugamos Marco-Polo, atrapa-atrapa, clavados con ellos. Ahí nos dimos cuenta que el cuerpo envejece porque ellos estaban como si nada, con una energía inmensa y nosotras casi muriéndonos. Estuvimos bastante tiempo con ellos hasta que el sol se metió y era hora de irse. Nos despedimos con la promesa de vernos al día siguiente y les invitaríamos un helado.

Niños indígenas que conocí en el lago Atitlán.
Niños locales que conocí en el lago Atitlán.
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Lago Atitlán, con su gente y sus volcanes.

Llegamos a la casa más bonita de San Marcos, y nos arreglamos. Decidimos comer ahí para ahorrar dinero. Moni y Alma fueron por la despensa mientras yo me bañaba, cuando regresaron me dijeron que un hombre había tocado a una de ellas. Los hombres en Guatemala siempre nos saludaban, “Hola, hola hola”, creíamos que era una manera de cordialidad, ahora pensamos que era una manera amable de “cat call”. Cenamos en la casa y se fue la luz, así que fue una cena romántica a la luz de la luna y las velas. Al día siguiente agarramos nuestras cosas y nos fuimos de ahí. Mientras caminábamos camino al pequeño puerto vimos a nuestroa amigos canadienses que se acababan de despertar y estaban desayunando. Nos despedimos de ellos y les dimos unas monedas de México. Tomamos el bote a San Pedro y nos fuimos de San Marcos y de su magia.

 

 

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