El día que conquisté un volcán

Se llama Pacaya y no es el más alto de Guatemala pero si tienes poco tiempo y no mucha experiencia haciendo senderismo extremo entonces es ideal para ti. Es pesado pero totalmente posible.

Desde un mes antes de ir a Guatemala localizamos a OX expeditions para reservar un tour en el que pudiéramos subir el volcán y dormir en él. La idea de poder ver las estrellas mientras estábamos en la cima de un volcán activo nos llamaba, pero al final no se realizó y resultó mejor. La idea que uno tiene de algo casi nunca es la realidad. Entonces quedó que subiríamos el Pacaya el último día que estaríamos en Antigua y fue la manera perfecta para despedirnos de esa parte de Guatemala; conquistando un volcán.

Fue una subida por la tarde para así probar un poco de la noche mientras descendíamos, yo no sabía que desde Antigua se hacía una hora en van aprox. para llegar hasta el volcán, creí que era más cerca. Durante todo el camino hablamos con un chico colombiano que estaba entrenando con la compañía para ser el un guía, se había ido a Guatemala porque su novia ahora vivía allí y él la siguió. Nos habló un poco de como iba a ser la subida y como sería mucho más fácil que la del volcán Acatenango. Nos habló tambiél del volcán de agua y como no se hacían ya expediciones a él porque era un poco peligroso con casos de robo y violación.

Llegamos al volcán Pacaya y luego luego comenzamos. Pagamos por unos palos de madera que creímos no necesitaríamos pero nos equivocamos (esos palos sirvieron de mucho a la hora de la bajada (sin albur)). Ya nos habían advertido que veríamos mucha bruma, así que no me asombró que ésta nos acompañara durante casi todo el viaje. Primero veías verde, árboles altos que te saludaban desde arriba y la neblina que iba y venía a su parecer. Fue como tres horas de subir, subir y subir con algunas pausas momentáneas para retener información, tomar algunas fotos y descansar un poco. Ya en la cima pudimos ver más el volcán y menos verde. De un lado se veía negro y de otro se veía verde, era un contraste extraño. Nos tocó un cielo claro y azul y con nubes juguetonas que nos hicieron el favor de irse para que pudiéramos tener la mejor vista de todas. Caminar por el volcán era complicado, era una arena rocosa y áspera de color negro que cubría todo. Si te acercabas podías sentir vapor y calor salir de entre las rocas. Estaba parada en un volcán activo. Parada sobre lava seca que hace dos años era de color rojo. Conquisté un volcán y para celebrarlo quemamos malvaviscos y salchichas en él y me los comí. Fue la culminación perfecta; snacks hechos con calor volcánico. Delicioso.

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La bajada estuvo más pesada. Esas rocas se desprendían y te hacían perder el equilibrio. Los palos fueron de mucha ayuda como soporte, ya en la montaña junto con los árboles y las hojas se volvió más fácil pero aún así debíamos ir con cuidado. El sol se metía y no teníamos luz, nuestros ojos sufrían y nuestras piernas también. Y después de tres horas llegamos al punto de inicio, ahora el final. Regresamos a Antigua cansados y hablando de comida colombiana, plátanos y con un retraso de casi una hora por un peregrinaje a un santo que nos tocó en la carretera. Esa fue nuestra última noche en Antigua y al día siguiente nos fuimos a un lugar tocado por Dios; el Lago Atitlán.

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