Un roadtrip necesario. San Blas, el lugar del surf y el hogar de los jejenes del diablo.

Salimos un domingo por la mañana. Fuimos porque queríamos playa, ansiábamos mar, necesitábamos movernos. Lo teníamos en la cabeza desde meses atrás, nos perseguía, nos motivaba a seguir. Y el día llegó. Tomamos un poco de ropa, las cámaras, el auto, y comenzamos el viaje que tanto anhelabamos.

Todo comenzó desde Querétaro, la carretera para llegar a San Blas, Nayarit, fue un sueño. Me gusta viajar fuera del país, me gusta conocer nuevas culturas, pero debo reconocer que México nunca me decepciona, jamás me falla y yo soy muy olvidadiza y a veces se me van esas imágenes de paisajes deslumbrantes que me llenan de belleza los ojos. Olvido que no tengo qu ebuscar lejos lo que mi misma tierra me puede dar sin problemas. Es por eso que me gusta viajar por México, me hace recordar el bello lugar de donde soy. Me gustó ver diversidad en los campos, ver las mazorcas crecer y el agave pararse orgulloso saludando a los caminantes andar. Me gustó salir del color árido para llegar a un verde abundante que te abraza y haste te sofoca un poco.

Llegamos a un pueblo que todos han cantado, uno que tiene una historia de amor, de mar y hasta de locura. Fuimos a San Blas, Nayarit. Antes del viaje yo no sabía que era real, creí que era un pueblo inventado en una canción de Maná. Creí que la historia del muelle de San Blas era ficción, pero al parecer todo era verdad. Fuimos allí sólo porque encontramos unas cabañas súper baratas que contaban con clases de surf a un precio más que accesible. No teníamos ninguna expectativa, de hecho, fuimos creyendo que no nos iba a gustar… pero, sin pensarlo más, San Blas se convirtió en un paraíso de ensueño. Dormimos escuchando el mar y al despertar veíamos desde nuestras camas el amanecer rozando las olas. Por la noche, las estrellas estaban en el cielo y nos hablaban de cerca. En susurros. Nos encantó. La playa y el mar eran nuestros. Esos días la vida nos dio todo.

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Resultó que sí había varias cosas que hacer ahí mismo y a pocos kilometros de allí. Llegamos por la tarde del domingo, tan pronto y nos instalamos en la cabaña, nos cambiamos y salimos a nadar. Ese día fue el que hubo más gente. Nadamos viendo los pescadores a lo lejos, el sol ponerse y familias preparándose para irse. Fui feliz tan pronto y mi piel tocó agua. Miraba hacia la playa y veía palmeras comiéndose la arena. Veía verde y más verde y amé cada instante.

El segundo día tomamos clases de surf por la mañana. Costaron $200 y nos la dio un joven llamado Guillermo. Era buena onda y fue extremadamente paciente con nosotras. Una de las cosas que quería hacer era surfear, estaba en mi bucket list desde años atrás, así que estaba emocionada por intentarlo. Resultó que fui buena, para ser la primera vez que lo hacía. Me paré varias veces en la tabla mientras la ola me llevaba encima de ella. Sentí el agua jalarme siendo parte de mí. La última ola que surfeé sentí un éxtasis total de alegría que salía de mi cuerpo. El mar me envolvió y me invitó a bailar con él. Bailamos juntos y gozamos.

Después de las clases desayunamos en el restaurante del Pompis (el dueño de las cabañas). El desayuno era bueno y nos dio energía. Nos arreglamos para ir al muelle y visitar otras playas cercanas que Guillermo nos recomendó. En el muelle tomamos fotos y escuchamos la canción de Maná. La vista desde ahí era hermosa, pacífica y tranquila. Luego, fuimos a una playa que se llamaba Santa Cruz, estaba a 30 minutos de San Blas. Nada lejos, pero la carretera es de un carril así que de vez en cuando ibamos un poco despacio. En el camino le pedimos indicaciones a un señor que tenía un puesto frente a su casa. Ésta se veía humilde y él se veía muy viejo y cansado. Le preguntamos por la playa y él no nos escuchó.

-¿Platanitos? -preguntó al pensar que le preguntábamos por lo que vendía.

Le dijimos que no y le repetimos nuestra pregunta sobre la playa de Santa Cruz. Él nos dijo como llegar. Parecía un buen hombre con una vida dura. Nos fuimos de ahí y nos sentimos mal por no comprarle plátanos así que al regreso nos paramos para comprarle. La playa era bonita pero fuimos a una que estaba desierta y llena de piedras. Decidimos tomar algunas fotos y regresar para comer en algún restaurante del camino. Necesitabamos probar el sarandeado, platillo típico de la región. En el pueblo de Aticama estacionamos el carro y bajamos para ir a un restaurante que daba frente al mar y a unos pescadores que se preparaban para ir a navegar. La comida era deliciosa. Pusimos en la rokola la canción del Muelle de San Blas, porque decidimos que esa sería nuestro himno durante el viaje. El atardecer era hermoso, teníamos el mar y botes en frente y parecía un sueño. Oscureció ahí mismo y decidimos irnos de vuelta a la playa borrego (donde estaban las cabañitas) justo después de comer. Tomamos camino y llegamos en quince minutos. Esa noche decidimos nadar un poco más, nadar con la luna de testigo. La playa estaba sola, éramos las únicas ahí… y yo me sentía libre. La luz de la luna reflejaba en el agua, rebotaba con las olas y nos alentaba a andar. Esa noche taché otro punto en mi Bucket List, esa noche hice de esa playa una playa nudista. Me reí y por unos minutos ese lugar lo sentí mío.

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Amanecimos muy en la mañana, despertamos con el sol y salimos a caminar por el pueblo. Queríamos visitar una iglesia abandonada y el fuerte de donde antes se protegían ataques marítimos. Ese día nos dimos cuenta del único problema que tiene San Blas… Los jejenes o chaquistes (como se le dicen en el sur). Son unos bichitos creados por el mal para hacer de tu vida -por un rato- un infierno. Te pican y te dejan unas ronchas que te dan una comezón insoportable que dura semanas. Los jejenes son criaturas crueles con la única misión de hacerte infeliz. Pero, no lo lograron… aún con ronchas por todo el cuerpo, nosotras queríamos seguir. Compramos en la farmacia una pomada para la picazón y repelente para protegernos de ellos. Caminamos bastante hasta llegar a La Contaduría. La vista desde allí es preciosa. Hay un buen tramo de palmeras y naturaleza, después se ve el pueblo y al final el hermoso mar que se extiende hasta el horizonte. La iglesia abandonada también es un lugar interesante, tomamos algunas fotos y seguimos nuestro camino. Ese día nos íbamos de San Blas y queríamos nadar un poco antes de irnos. Llegamos a las cabañas, arreglamos las cosas y nos lanzamos al mar como si fuera la última vez que nadaramos en él. Pero, los días siguientes la vida me dio mar. Y fui inmensamente feliz. Nos despedimos de San Blas escuchando la famosa canción de su muelle, rumbo a San Francisco, Nayarit… mejor conocido como San Pancho.

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