Mi primer fin de semana en Vancouver; Una boda canadiense, un poco de cruda al día después y salsa para bailar.

La boda fue en el Museo de Vancouver , fue una ceremonia corta, amena, llena de poemas y música española. Al fondo de la sala, frente a todos, había un ventanal que mostraba el cielo.  Allí me reuní con amigos que todavía no veía en ese viaje. Se sentía extraño, habían pasado cinco años que nos los veía pero se sentía como si hubiera sido sólo semanas. Al final de la ceremonia todos los invitados formamos una fila para saludar al cortejo y a los nuevos esposos. Como yo fui al baño me tocó ser de las últimas y tuve que estar bajo el rayo del sol por mucho tiempo. Después de esto Dasha, Katri y yo nos fuimos con Daniel y Jinhee, nuestros amigos del intercambio que se conocieron y casaron en Corea. Llegamos a Grandville Island, donde nos reuniríamos con los demás y esperaríamos juntos a que diera la hora para entrar al restaurante Bridges  lugar en el que sería la cena y la fiesta.

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Mientras tanto caminamos un poco por este islote turístico lleno de color y gaviotas roba comida. Nos metimos al Grandville Market y cada quien compró algo para llenar un espacio de su estómago. Yo compré un gelato. La mayoría de los que estabamos ahí quería ir a tomar una cerveza para matar treinta minutos de espera. Yo no estaba en sintonía así que con Dasha y Katri esperamos en una plaza en la que había un músico tocando, después fuimos a tomar un par de fotos en la bahía y para entonces ya era hora de entrar. Así que eso hicimos.

El salón se veía increíble. Los edificios de la ciudad bordeaban toda la vista y el cielo estaba claro, ya ni se podía notar que hacía un par de días había humo y neblina por los incendios. Era perfecto, como lo fue todo ese día. Bailé, comí, tomé y reí. Fue perfecta hasta que salí de ese salón junto con Dasha, Katri y Chris, otro amigo, y nos dirigimos hacia Grandville street. Era la madrugada, estaba lloviendo y todos habíamos tomado más de la cuenta. Así que sin pensarlo fuimos a ‘Mean Poutine’ por ese platillo tradicional candiense (de los pocos que tiene) y pedimos otro taxi para ir al departamento de nuestro amigo Chris y comer allí. Yo, por supuesto, después de comer y casi entrar a una coma por toda la grasa ingerida caí en el sofá y dormí. No supe más hasta que el sol salió y sentía un asco inmenso, tenía el sabor a ese poutine en medio de la garganta. ERROR comer eso a esa hora. Todos dormían y yo me sentía fatal, tomé agua como si mi vida dependiera de ello y me fue sentando un poco mejor. Decidí que era hora de irnos así que deperté a todos y nos fuimos. En pocas horas debiamos estar listos para un picnic con los invitados de la boda en English Bay.

Un picnic que un día antes yo estaba deseosa por ir se convirtió en una pesadilla al día después. Sentir el sol taladrándome la cabeza y ese asco que sólo te deja el tomar alcohol de más no ayudó en nada. Ese día tenía más encanto social un zombie que yo. No duré mucho, Dasha de plano ni fue. Así que me despedí y salí de ahí caminando. Pensé en ir de vuelta a casa y descansar un poco pero recordé que en la Robson Square había un evento de salsa. Decidí ir primero allí.

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Debo de admitir que creí que vería algo diferente a lo que vi. Yo no soy una bailarina profesional pero creo que me defiendo en esa materia, y bueno, ese día, en la Robson Square yo me sentía toda una medallista de baile de salón. Dios mío (y lo siento por decir esto), pero es que cuando la gente dice que los “blancos” bailan mal es que no están equivocados, el ritmo ese día de verdad que andaba sobrando. Aún así fue divertido ir y bailar con la gente. Bachata, merengue, cumbia, salsa, allí hubo de todo y la gente iba y aunque no bailaran se quedaban viendo a los demás. Sonreían y hablaban con desconocidos. Me gustó ver ese sentido de comunidad que hay, y, por supuesto, también ver y ser parte de lo que ofrece la ciudad por los días de verano. Eso fue algo que me gustó ver de Vancouver. Llena de calor y vida. Estuve por poco más de media hora, me sacaron a bailar y yo saqué a bailar también. Me divertí y el dolor de cabeza se fue un poco. Caminé hasta encontrar la parada de autobús, me subí al indicado para llegar a casa. Esa noche dormí temprano porque al día siguiente Dasha y yo iríamos a Whistler.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Excelente relato mi amor….recordé muchos lugares que visitamos unos días después, los cuatro juntos….

  2. Pingback: 2017

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