Tofino

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Día uno en Nanaimo, listo… el día dos sólo desperté y dormí ahí, todo lo demás lo pasé en la carretera, yendo y viniendo del mar. Ese día fuimos a Tofino.

Éste era de los pueblitos que de verdad quería ir, y la única razón por la que al final fui gracias a mis amigos (D&J). Ellos fueron mis guías durante mis días en la isla y también, debo decir, durante mi estancia en Vancouver.

bigtrees

Ese día salimos de la casa y en dos horas estaríamos en el pueblo surfer de Canadá. No sin antes parar un rato en el Cathedral Grove. Ése era un punto en el que yo también quería ir, “Vamos a los árboles grandes” les decía a mis amigos. Yo había visto esto en fotos y quería verlos con mis ojos. Quería ver por enésima vez lo hermosamente poderosa que es la naturaleza. Así que eso hicimos, nos dirijimos a este lugar, bajamos y caminamos por entre árboles más antiguos que el cielo (bueno no tanto así pero sí muy viejos, el árbol más antiguo en Cathedral Grove tiene 800 años). Eran enormes, mis brazos no podrían rodearlos, se necesitarían tres o cuatro personas más para poder hacerlo. Y tal vez no son tan viejos como el cielo pero unos parecen que llegan a él. Son altísimos y mientras caminas no sientes el sol ni brisa. Hay un frío placentero que no molesta. No tardamos mucho, recorrimos un buen tramo y regresamos al carro para seguir hacia Tofino.

Dos horas después de pasar pueblitos, riachuelos, montañas y árboles por fin vimos el mar. Mi corazón estaba feliz. No hay nada que me calme más que escuchar las olas. Mi amigo paró en un estacionamiento de una playa famosa para que yo pudiera ver mejor. Cuando las vi de cerca me dio miedo. Yo sólo había surfeado una vez, en Nayarit, con un instructor y con olas pequeñas. Fui buena pero no para que la segunda vez que intentara surfear lo hiciera con las circunstancias en las que las iba a hacer. Mi amigo me vio nerviosa “Si no quieres puedes no hacerlo” dijo, pero a pesar de todo… yo quería intentarlo, así que nos dirijimos a la tienda donde rentamos una tabla para mi y el traje acuático que me protegería del agua fría de Canadá. Todo costó $50 dólares ya con seguro en el equipo. Para los precios de ese país no estuvo nada mal.

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Llegamos a la playa en la que nos recomendaron para surfear, donde las olas no rompían tan fuerte. Antes, paramos en una gasolinera para comprar unos snacks que nos diera la fuerza que necesitaríamos. Estaba nerviosa pero lo iba a hacer, tenía que hacerlo… ya había llegado hasta ahí para al final echarme para atrás. No, esa no sería yo. Me puse el traje de baño y luego era turno del traje acuático (la primera vez que usaba uno porque nunca había tenido necesidad), no había entrado al agua y ya tenía mi primer reto… ponerme ese traje. ¡Que difícil es! Después de unos minutos de sufrir, sudar y jalar lo logré. Caminamos todos hacia la playa. Aunque los nervios seguían yo no podía no sonreír. El mar me llamaba y las olas gigantes decían mi nombre. Tenía que intentarlo… 1, 2, 3 y caminé al mar.

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Di gracias por el hecho de que cuando rentas esos trajes te den también zapatitos porque el agua no estaba fría, yo la sentía helada. Tan pronto tocamos mar mi amigo voló y lo perdí de vista “Perfecto, gracias amigo” pensé cuando una ola vino a mí y me tiró. Venían con mucha fuerza y me tumbaban al instante. Estuve en esa zona demasiado tiempo. No podía pasar de ahí, las olas llegaban altaneras y me empujaban hacia la playa. Estaba mojada de pies a cabeza y como no llevaba un gorrito sentía que mi cabeza iba a explotar del frío. Era como cuando tomas un licuado o malteada helada muy rápido y te congelas la cabeza.. así sentía pero multiplcado por mil. “¿Se puede morir por esto?” llegué a pensar para mis adentros. Desntro de un rato se calmó un poco. O, tal vez, me acostumbré a ello.

En fin, yo estaba sola, todos pasaban junto a mí y llegaban hacia donde  las olas se calman casi sin problema. Yo seguía ahí, luchando contra ellas. Y, poco a poco, lo logré. Llegué y ya nada me molestaba. Volteé a ver hacía la playa y lo primero que pensé fue “¿Y ahora como me regreso?” Sabía que para volver tendría que tomar una ola y rezar en no ahogarme. Así que retrasé ese momento y me quedé ahí; acostada en la tabla viendo el cielo y las rocas cerca de mí. Me sentaba, me aventaba al agua, nadaba un poco y me volvía a sentar. Veía a todos tener más valor que yo tomando las olas y caerse en ellas. Después de un rato me di cuenta que ellos estaban ahí, también intentándolo, así que decidí que era mi turno. Tomé coraje, esperé por una buena ola y conté hasta tres… 1,2,3 y allá fuí siendo arrastrada por una ola, acostada en la tabla. Debía pararme y tal vez debí haberlo hecho pero no lo hice, me quedé acostada en esa tabla disfrutando ese empujón del mar. Hubieron tipos que me vieron pasar y sonrieron al verme reír ante tal sensación de libertad. Me sentía viva, vivísima. Es una de las cosas que me encantan del mar, que me da vida y me alegra el día. Ya casi en la playa decidí pararme y caí. Un hombre se acercó a mí y se disculpó “Lo siento, me metí en tu ola” yo me sorprendí al pensar que la gente de hecho pensara que yo podía hacer surfing. Me sentí alagada y le contesté que no se preocupara, que ésta era la segunda vez que yo surfeaba, seguro yo era la que lo entorpecí a él y no al revés. Tomé la tabla y volví a intentar alejarme de la playa para poder tomar otra ola (ahora no tan lejos) y ya pararme. Logré hacerlo un par de veces, pero para poder llegar a ese punto donde esperas la ola me caí unas cien más. Vaya que es un buen ejercicio el sólo hecho de luchar contra el mar.

Estaba agotada, los brazos me dolían así que decidí salir de ahí y tratar de buscar a mis amigos. Los vi ya en la playa, decidimos intentarlo de nuevo, esta vez él conmigo y me ayudaría a sostener la tabla para así fuera más fácil para mí pararme en ella. Lo intenté y lo logré por un poco de tiempo igual un par de veces. Le di mi tabla a él para que también lo intentara mientras yo disfrutaba nadando en el mar. ¡Que belleza es el mar!

surfing tofino

Después volvimos con nuestra amiga porque ya estabamos cansados y se nos hacía mala onda dejarla sola en la playa todo ese tiempo. Nos cambiamos, me quité el traje acuático (que por cierto no sé que es más difícil, si quitárselo o ponérselo). Fuiomos a dejar la tabla y el traje en el lugar en el que lo rentamos y mis amigos me llevaron a caminar por el pueblo de Tofino.

El pueblo es lindo, los lugares para caminar son bastantes tranquilos. Las tienditas y restaurantes todo lo que ves mientras estás ahí va de acuerdo con la vibra del lugar. Es bello. Fuimos justo cuando el sol se estaba metiendo entonces teníamos esta luz rosada que envolvía todo. Estuvimos un rato caminando por ahí, después fuimos al carro de regreso a casa; Nanaimo. Pero, hicimos una parada en el perdido pueblo Port Alberni (al que yo sigo creyendo que lo nombraron así gracias a algún italiano). Ahí comimos en un restaurante de Pizza y devoramos lo que pusieron frente a nosotros. Moríamos de hambre. Hablamos de todo mientras comíamos; de Canadá, de México, de Corea, de los viajes, de nuestras vidas y lo que se venía. Fue un buen día, que digo bueno, fue un excelente día. Hasta la fecha, uno de los mejores que tuve en ese viaje; amigos, naturaleza, buena charla y mar, mucho mar… eso es a lo que llamo un día excelente.

 

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. excelente relato mi amor….me sentí en el mar, intentando surfear…..tqm!

  2. Pingback: 2017

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