Vancouver a Portland.

Siete horas de mucho y nada. Siete horas de carretera para llegar con la noche al centro de Portland y de ahí moverme a Clackamas, a unos treinta minutos de ahí.

Pues bien, aproveché a despedirme de mis amigos con un Brunch en un sitio de moda en Gastown que estaba muy cerca del departamento de mis amigos D&J. Caminé junto con E&J (los amigos que se casaron y por los que fui a Canadá) a un restaurante famoso por sus “brunch” se llama Catch 122 . Para los precios de Vancouver está bien, ahora, para una mexicana viajando por Vancouver están un poco elevado pero al menos la comida era rica y bien servida. Pedí un Croque Madame (para el cuál mi amigo canadiense me preguntó si existían los brunch y los Croque Madame en México y yo asentí un tanto indignada). Después de comer D&J me llevaron a la estación de camiones, pasando el puente a la zona no tan “nice” de Vancouver. Tenía boleto de camión en el Bolt Bus , que según las críticas en internet, éste es mucho mejor que los Greyhound. Me costó unos $38 dólares americanos pagándolo como cinco semanas antes del viaje. No estaba mal si pensamos que tenía que pasar a otro país y que era un recorrido de poco menos de ocho horas. El autobús daba mucho que desear. En México, tenemos buenas líneas de autobúses no tan excesivamente caros ( los que siempre uso son Primera Plus que cuentan con pantalla individual, asientos cómodos, baños y también te dan un lunch aunque el recorrido sea de unas dos horas). Así que este autobús sin pantallita y asientos rígidos no era lo mío pero estaba cansada y emocionada por llegar que no me importó (al menos no fue como el que tomé para Uganda desde Kenia).

De hecho, el recorrido no se me hizo pesado en lo absoluto (excepto esa escala en Seattle donde hubo un poco de tráfico). Veía por la ventana y pasaban a velocidad árboles y riachuelos. La segunda parte del camino no tuve a nadie junto a mí y eso lo hizo más cómodo. Llevé conmigo una barra de chocolate enorme de República Checa que me regaló mi amiga de allá. Me la acabé toda en ese viaje, no sé cuantas calorías fueron pero si no me dio un coma diábetico fue porque Dios es grande, esa barra era grandísima.

De Vancouver, Canadá a Portland, EUA tienes que pasar por migración y que te sellen tu pasaporte. Fue como a la hora o tal vez dos que salimos de la estación de Vancouver que ya estabamos en la frontera. El autobús deteniéndose frente a la oficina repleta de gente sin una sonrisa. Yo, al ser mexicana, siempre me preocupo un poco cuando tengo que pasar por ahí, especialmente en estos días. Nunca he tenido ningún problema, ni debería por que tenerlo, pero uno nunca sabe que clase de oficial te puede tocar. Esta vez, como siempre, no pasó nada. Me preguntaron lo de costumbre y pasé sin tardar mucho. Declaré mi barra de chocolate cuando me preguntaron si traía comida y el oficial sonrió y dijo que eso no valía. Tardamos en hacer todo eso y que todos los pasajeros del autobús pasaran como media hora en total. Y después, todos nos subimos y nos pusimos, de nuevo, en marcha para nuestro destino.

Primera parada, Seattle. Ahí, varios se bajaron y otros pocos subieron. En esta parte del camino, cuando ya estaba oscureciendo, el autobús se quedó un poco vacío. Seguimos. Pude ver el atardecer dejando a Seattle detrás de mí. Después, quedó oscuro. Veía a la ventana y no podía distinguir gran cosa. Me puse mis audífonos y me dejé llevar al ritmo de la música. Un par de horas más tarde logré divisar las afueras de la ciudad. Portland estaba ahí. Ya era hora. Antes de las diez de la noche llegué a una calle con poca luz en el centro de Portland. No había mucha gente caminando y se sentía todo muy sobrio. Caminé hasta llegar a la parada donde estaría el metro que me dejaría hasta una plaza comercial en Clackamas, donde me recogerían mis padres con mi hermana. El tren no pasaba. Vi que en esa parada llegaban dos líneas. Pregunté cuál era la que debía tomar. Algunas personas borrachas me ayudaron. El olor a marihuana se metía por mis narices y yo sólo quería sentarme en el tren indicado y esperar a llegar a la estación final. Literal era la última parada en la que me debía bajar. Llegó el tren, subí.

Estaba un tanto vacío. Cada parada que hacía subían más y se bajaban otros. Las indicaciones dentro del metro/tren las daban en inglés y español. Miré a mi alrededor y vi caras de latinos. Con eso me di cuenta que en Portland hay una comunidad mexicanos bastante grande. Unos jóvenes se sentaron en la parte de atrás del tren y comenzaron a besarse desenfrenados, ella se sentó en él y todo se estaba volviendo un poco turbio. En el vagón íbamos como unas cinco personas. Las demás trataron de no darle importancia, así que yo hice lo mismo y miré a otro lado. Por fin… el tren anunció la última parada y yo sonreí. Me bajé rápido de ahí y comencé a ver el mejor lugar para esperar a mis padres, o en dado caso, tomar un autobús que me acercara al hotel. No alcancé el último autobús. Llamé a mis padres para ver cuanto les faltaba y me dijeron que irían en cuarenta minutos más o menos. Miré la calle y estaba oscuro. Ya había esperado unos quince minutos antes de hacer esa llamada y me estaba desesperando. Decidí checar el precio del Uber. Iban a ser unos 10 dólares. Decidí pedirlo y esperar mejor en el hotel. El conductor del Uber era buena onda. Hablamos un poco y después nos despedimos cuando yo ya había llegado a mi destino. El señor que atendía la recepción me dejó pasar al cuarto aunque yo no era la que lo había reservado. Me dio unas galletitas y un vaso de leche. Era muy tierno, y las galletas estaban muy buenas.

Mis padres llegaron unos 25 minutos después de que me había instalado. Al siguiente día fuimos a descubrir Portland.

portland weird
Foto tomada al día siguiente de llegar a Portland (El día siguiente de mi relato).

 

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. JFM dice:

    buen relato…..

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