Ellos

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Si alguien me enseñó a viajar, esas personas han sido mis padres. Recuerdo esos momentos de pequeña en los que tomabamos el carro y mi papá manejaba por horas y horas entre paisajes rurales hasta llegar a una playa, montañas o ciudades gigantes. Mi hermana y yo nos aburríamos después de estar más de dos horas en el carro y sólo queríamos llegar a dónde fuera y salir de ese espacio diminuto. Jugar, ver, conocer. Mis papás ponían discos que a nosotras nos gustaban, música que hablaban de mundos de caramelos y cosas de niños. Cuando se aburrían ponían los suyos; un poco de salsa, Carlos Vives (y Santana también) y baladas cubanas. Para pasar el tiempo, mi hemana y yo creábamos historias dentro en las que habían huracanes y teníamos que salvarnos, jugábamos a lo que podíamos en el asiento de atrás y siempre nos escapábamos por unos instantes hacia aventuras que habitaban dentro de nuestras cabezas.

Recuerdo la carretera tan vívida como si fuera ayer, subir hasta las nubes y no poder ver nada en un camino de uno a uno. La neblina cubriendo todo y mi papá manejando despacio para no caer al barranco o chocar contra otro carro. También viene a mi memoria lugares diferentes en países que separaban al nuestro con un mar estrecho. Perdernos en carreteras españolas para hacer seis horas más de viaje y así llegar a Madrid a las dos de la madrugada, cansados, malhumorados pero ya pensando en el día siguiente. En los tiempos donde no había GPS y tu único aliado era un mapa gigantesco y preguntarle a la gente que pasaba, cruzar los dedos para poder entenderles y que ellos te entendieran a ti. Igualmente viene a mi cabeza chocarnos contra otro carro a las afueras de Detroit y tener a un grupo de hombres gritándole a mi papá por eso y aliándose con su camarada gringo. Recuerdo haber conocido las torres gemelas y pararme junto con mi familia encima de una estatua de la libertad imponente viendo hacia esos edificios idénticos para sacarnos una foto. O, parar en moteles de la carretera Estadounidense para descansar por la noche y seguir con nuestro programa cuando el sol despertara… Ir camino al mar turqueza y peces multicolores que se escondían de ti, tomar agua de coco y bailar en la arena que acariciaba tus pies.

Recorrimos demasiados caminos, dormimos en distintos lados, escuchamos varios idiomas. Y es que cuando llegaba el verano, nosotros nos convertíamos en nómadas. Los cuatro, juntos. Sin pretextos ni dudas. Danzamos y conocimos tanto como pudimos, y seguimos haciéndolo. Todavía no acaban. Con esto era de esperar que saliéramos como lo hicimos. Que en cada oportunidad que se presentara nosotras nos fuéramos con destino hacia lo desconocido. Y que no nos diera miedo, porque tenemos la fuerza de ellos, con sus ojos curiosos y sus pasos cansados pero seguros. Los tenemos a ellos.

Y sí, viajar debe de ser hereditario, y es que creo que uno se contagia de ello. Te ínsita a seguir, a no parar. Rodar como una pieda al mar y nadar sin temerle al agua.

 

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. De las mejores cosas que un padre puede heredar!

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