Carta a Gotita

07/07/2018

 

Hoy terminé, entre lágrimas que salen de ojos cansados, un libro que habla del lugar de los muertos. Lo menciona al final, casi en la última página; Mictlán. Y justo hoy lo leí. Hoy que tú te fuiste.

Me enteré por la mañana al despertar, después de una llamada y mientras mi hermana decía sin voz “Ya murió.” De inmediato supe que eras tú. Ya me lo habían dicho. Yo sabía que faltaba poco, que tu ida pronta era inevitable. Lo sabía, había escrito sobre ella y leído y releído un centenar de veces… y aún así dolió.

Cuando era niña me daba miedo querer, así que te quise tarde, pero te quise mucho. Tanto que ahora que lo pienso creo que no te abracé demasiado. Si pudiera retroceder el tiempo, en vez de darte tres abrazos en un día lluvioso (como el de hoy), te hubiera dado diez y diecisiete más. Y mira que estos números no son al azar. Tienen un significado, como la borra del café.

Ayer fui a nadar al mar, nadé en un lugar que se le conoce como “El Cielo”, ayer yo me fui de ahí y hoy tú entraste a él. Espero que en el tuyo haya mar. Tú mereces cosas lindas y grandes; como el mar mismo, etéreo como él solo. Yo no sé cómo es allá, mis teorías tengo, pero, (afortunadamente) todavía no he ido. Espero que estés con los tuyos, si es así, dales un abrazo de mi parte, y cuéntales un chiste verde… que este mundo y el que viene después de éste necesita más risas y menos lamentos.

Tú siempre me hiciste reír, ¿Lo sabías? Seguro que sí. Nunca he sido buena ocultando mi risa… como tú tampoco. Y que buenas risas y recuerdos me has dado, sin pretenderlo, sin quererlo, me diste mucho. Y por esos momentos yo sonreiré. Perdona que hoy no lo haga, hoy duele un poco, pero seguro que lo haré, eventualmente te prometo que lo haré.

Esta no es la primera carta que le hago a alguien que se va. Es la segunda, pero hasta ahora, la que más me pesa. Te escribo no para decirte adiós, seguiré viéndote en sueños, allí donde los muertos nos hablan. Estoy segura que así será y allí podremos ver el atardecer y los arcoíris, y reír un poco también. No olvidemos eso.

Si estás triste por nuestra propia tristeza, no te preocupes. Poco a poco pasará, así debe de ser.

Gracias por darme esos momentos, esas palabras y enseñarme, sin querer, a ser fuerte. Tú eres la flor más fuerte que he conocido. Seguiré mi camino siendo fiel al tuyo.

 

Nos vemos; Dani.

Al paraíso, que los ángeles te guíen.

 

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