Cuando me perdí en Londres

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Es tradición en México que a las mujeres cuando cumplen 15 años les hacen una fiesta de Quinceañera que generalemente son súper caras, pues bien, mi hermana y yo decidimos no hacer una y en vez de eso nos fuimos de viaje. Europa, por un mes, con un grupo de EF en donde iban puras chavas de la edad (yo era la segunda más chica). Así que la primera vez que fui a Europa tenía 13 años. Fui porque me adelantaron mi regalo de Quince Años, mis papás decidieron que sería mejor si mi hermana y yo íbamos juntas, y así cuidarnos la una de la otra.

Pues bien… la primera parada fue Londres. Yo estaba maravillada. LONDRES. En ese entonces jamás pensaba en conocer esas ciudades, se veía como algo nublado lejos de mí pero pasó. Y con 13 años yo estaba pisando Londres y en menos de dos días me perdí entre sus calles.

Llegamos tarde por la noche, y me tocó compartir cuarto con mi hermana y otra niña llamada Mariana. Esa noche en vez de dormir platicamos entre sábanas y risas. Al día siguiente iríamos a un museo, un parque y por la tarde a Piccadilly Circus. Lo bueno de este tour es que las personas adultas que estaban por parte del tour no te atosigaban y estaban ahí respirándote en la nuca. No, te daban espacio. Estaban cuidándonos pero nos dejaban libres. Recuerdo que para el desayuno, cena y museos estábamos juntos, todo el grupo, pero para la hora de comida nos daban unas tres/cuatro horas para que estuviéramos solos e hiciéramos lo que quisiéramos. Ese día en Piccadilly Circus fuimos de compras. Recuerdo que llegué diez minutos de la hora acordada al lugar de reunión. De ahí iríamos todos a cenar. PERO, una amiga me dijo que justo frente a donde estábamos había una tienda muy buena con buenos precios, a mí se me hizo fácil y fui. Tomé un pants color blanco con rayas rosas marca Adidas que ni siquiera lo necesitaba, fui a pagarlo y vi que habían una filas súper largas entonces cuando bajé no me sorprendió no ver a nadie del grupo. De repente sentí como todo el F****** Piccadilly Circus se hacía más y más alto, y yo me convertía en hormiga. Había muchísima gente, demasiada. Mierda, mierda, mierda, pensé. Entonces dije, tengo que volver al hotel, ahí los volveré a encontrar. Taxi, busqué en la calle y vi los autos pasar pero recordé que los taxis en Londres eran muy caros así que preferí usar el metro. Que fue el medio de transporte con el que llegamos a ese punto, entonces yo ya tenía mi boleto por el día.

Yo, una niña de trece años de una ciudad perdida en el sureste mexicano estaba sola sin saber bien mis pasos en Londres, Inglaterra, a mi segundo día de haber dejado México. Puse mi cara de ruda, busqué en mi libreta el nombre del hotel (que había escrito antes) y bajé las escaleras hacia el metro y decidí preguntar a alguna persona que se viera buena gente. Sabía en qué parada tenía que bajar, el problema es que quería estar segura de tomar el tren correcto. Pasó un hombre frente a mí, alto, vestido todo de negro, con estoperoles y picos en todo su atuendo y maquillaje gótico en la cara… ehhh no, mejor busco otro… pasaron unos jóvenes con un mohicano pintado de rojo tan alto como lo que mide mi antebrazo… decidí seguir buscando, entonces los vi: una pareja en sus cuarentas que parecía que no mataban a una mosca. Me acerqué a ellos y en mi inglés (que seguro estaba medio raro) les expliqué mi situación y ellos me llevaron hasta el lugar que tenía que llegar mi tren. En el trayecto a éste me preguntaron si necesitaba dinero, yo les dije que no (ya me estaban ayudando demasiado). Me dijeron cuantas estaciones tenía que contar para después bajarme y tomar otro tren. Lo hice. Recorrí todas esas paradas con la mirada de gente desconocida sobre mí mientras yo los veía con ojos asustados y medio llorosos. Bajé donde debía de bajarme pero subí las escaleras por otra salida (no por la que yo conocía) entonces me destanteé y creí que lo había hecho mal. Decidí caminar por las calles hasta ver algo conocido. Crucé una calle, doblé en una esquina y ahí lo vi, mi hotel. Uno que estaba frente a un pequeño parque. Me alegré al verlo. Decidí parar en un restaurante para comer algo porque me había saltado la cena. Pero, aún así no tenía apetito, solo pedí una coca-cola y papas fritas (que terminé guardando la mitad en mi bolsa Ziploc). Salí del restaurante, caminé frente al parque, podía ver mi hotel, estaba ahí, a unos cuantos pasos, cuando un hombre me habló. Me paré para ver que quería. Yo lo veía enorme, como en sus treintas pero ahora que lo pienso seguramente estaba en sus veintes, se notaba que no era inglés, tenía un acento diferente… como de italiano. Me preguntó mi nombre, de dónde venía, yo respondí y después dije que tenía que ir a mi hotel, él no me dejaba ir.

-Mi departamento está cerca, ¿por qué no vamos?- preguntó.

Yo estaba impávida. -No, gracias- le respondí. Tengo que ir a mi hotel, allí está. Le decía y él no me soltaba. Cuando se dio cuenta que no iba a ir con él a su departamento, me dijo que fuéramos al parque. Le seguí la corriente. Nos sentamos frente a un árbol a la derecha y mi hotel a la izquierda. Estaba ahí, literal a unos veinte pasos de distancia. Yo veía a este hombre coqueteando conmigo y se me revolvía el estómago. Lo único que quería era llegar a mi cuarto y sentirme segura.

-Bueno, cuéntame de ti- dijo.

Yo sonreí, tuve una idea para librarme de él.

-Pues bien, mi nombre es Daniela, soy de México y tengo TRECE AÑOS– dije gritando y abriendo los ojos más de lo normal cuando le dije mi edad.

Él se sorprendió, su expresión cambió, y en automático se levantó diciendo que ya se tenía que ir y yo así de “Ay que lástima, bueno bye” y salí de ese parque con mirada triunfante y una sonrisa muy grande. Llegué a mi cuarto, me medí el pants y me quedaron enormes. MIERDA. Pensé en ir de nuevo a la tienda y cambiarlos pero la sola idea de que ese hombre estuviera allí cerca me hizo conformarme con los pants dos tallas más grandes, llené la tina de baño, me metí y me quedé ahí por un buen tiempo tratando de olvidar un poco la sensación de estar perdida y sentirme pequeña.

Hoy por hoy, después de más de 15 años que pasó, es una historia que me gusta recordar de vez en cuando. ah! y esos pants blancos, todavía los guardo.

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